El reconocimiento más transformador, dice Annie, es el que te das tú primero.
Y esa perspectiva no se queda en cómo las mujeres se ven a sí mismas: también se manifiesta en la forma en que consumen y se relacionan con la joyería. "El autorregalo crece cada día más, porque refleja algo más profundo, un charm o un brazalete es más que una joya, es una mujer diciéndose: me lo merezco y no necesito que nadie más lo diga", señala.
Para ella, esta evolución se sostiene en dos pilares: la independencia económica y la emocional. Pero esta independencia no surgió de la nada: es el resultado de una lucha generacional en la que mujeres conquistaron derechos, autonomía y espacios.
"Las generaciones mayores tuvieron que conquistar ese espacio; las jóvenes lo heredaron más libre. Una recuerda de dónde venimos, la otra muestra hacia dónde vamos."
Con esa libertad, la joyería deja de limitarse a ocasiones especiales o presentes de terceros, y se convierte en una forma de expresión personal, una manera de representar quiénes son, qué han vivido y qué quieren proyectar.